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Opinión

Liberalismo monárquico o republicano

Por Luis Alberto Vázquez

Un día como hoy, en 1865, el emperador Maximiliano de Habsburgo decretaba la sacralización de los cementerios en todo México. Hasta entonces la iglesia católica había administrado plenamente los panteones que ahora pasaban a jurisdicción del estado laico, uno de los preceptos que provocaron la “Guerra de Reforma” entre liberales y conservadores.

Por tres años los “notables”, conservadores mexicanos visitaron casas reinantes europeas en busca de un príncipe rubio que viniera a gobernar a los indios prietos, pero especialmente que les reivindicara los fueros y privilegios que les privó un “estado fallido” que además estaba “destrozando al país”. En 1860 acudieron al emperador francés Napoleón III, para que les apoyara a destruir la república dirigida por Juarez y sus leyes liberales; este concibió abrir un frente comercial en América, preveía que Estados Unidos iba a dominar la región.

Un nuevo orden mundial asomaba ya y Europa necesitaba mantenerse dominante en América; México era precisamente esa opción. Los intereses iban más allá de las cuestiones ideológicas; la causa era eminentemente económica. Los conservadores han sido simples “idiotas útiles” del eurocentrismo que solamente cuida sus intereses inicuos inclusive hoy. Esa es la eterna historia; solamente los muy obtusos creen que las guerras son ideológicas o religiosas (Vr.gr. USA-petróleo-Venezuela).

Enviar a un príncipe europeo a gobernar México era una oportunidad colonialista de increíbles dimensiones; los más conservadores, siempre ignorantes de los signos de los tiempos, gritaban que bajo Juárez no existía “estado de derecho” porque ellos entendían como tal el respeto a sus fueros y privilegios nacidos desde el virreinato y esperaban que el Emperador llegado de Europa se los reintegrara. Llevaron al campo de batalla a miles de mexicanos a dar su vida creyendo que luchaban por su religión cuando en realidad defendían los intereses económicos y políticos de unos cuantos terratenientes y clérigos.

Pero el encanto murió pronto; Maximiliano había estudiado y disertado desde muy joven sobre el liberalismo ilustrado y entendía bastante del tema. Ya establecido en México, en abril de 1865 promulgó el “Estatuto Provisional del Imperio Mexicano”; redactado por su puño y letra; este era en realidad un esbozo de una constitución que establecía no un imperio absolutista como añoraban los conservadores, sino una monarquía constitucional y en cuyas leyes se ratificaban todas las reformas de la mexicana de 1857 en materia de separación de la Iglesia y el Estado; creación del registro civil; plena amortización de los bienes eclesiásticos y mucho más, porque en realidad el soberano establecían principios a favor de los derechos humanos como la libertad de cultos; el pago justo de jornales y jornada humanas extinguiendo las deudas de los campesinos acasillados a las haciendas; condenó todo tipo de castigo corporal considerándolos ilegales; buscaba en particular beneficiar a indígenas y a los más pobres.

Crea el “Diario del Imperio” donde promociona todas las acciones de su gobierno en favor del pueblo, en él incluso colaboraron antiguos periodistas liberales; además ejerció el derecho de audiencia popular donde escuchaba en persona al pueblo. Concedió poder a los ayuntamientos que sería elegidos popularmente; estableció regulaciones a los múltiples caudillos que asolaban las regiones. En pocas palabras, antepuso los intereses de la nación a la de unos pocos notables. Maximiliano además se atrevió a invitar al peor enemigo de los notables, a Benito Juárez como ministro de justicia del Imperio…

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El furor y el odio que siempre sintieron por Juárez los conservadores, las deleznables acusaciones de que él era responsable de todos los males de México, ahora se volcaban contra Maximiliano. Parafraseando a Maquiavelo: “Los hombres pueden perdonar al asesino de su padre y/o hijos, pero jamás a quien les impide seguir enriqueciéndose”; los ideales liberales del Monarca jamás se opusieron a su catolicismo; Él, como todo Habsburgo, asistía diariamente a misa y comulgaba.

Así pues, México estaba encaminado a grandes cambios viniesen por donde viniesen; la humana historia nos enseña que toda revolución o transformación social es como los ríos, una vez que inicia su desemboque jamás regresa a su fuente; cuando el cambio llega se da con, sin y hasta contra todos los actores políticos.

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