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La piedra prodigiosa

Por Luis Alberto Vázquez

Cuenta una proverbial leyenda que, en un pueblo del oriente, ocurrieron una serie de desgracias naturales, pandemias y guerras que ocasionaron pérdidas de miles de vidas e incontables daños a sus habitantes. Un viejo sabio alquimista que ahí vivía decidió crear una piedra, apenas de tamaño mayor a una nuez, que era blanda, suave y cálida al tacto; grata a la vista y de tal tersura que resultaba agradable sentirla en la mano.

Tal piedra, les aseguró el venerable erudito, haría feliz a todo aquel que frotase con ella su frente. Todo el pueblo acudió a enjugar su cara con ésta y en poco tiempo todos en dicha aldea eran sanos y alegres. Sin olvidar los desastres vividos, estos ya no eran la razón de sus diálogos, sino al contrario, solamente charlaban sobre las bondades de la vida y su futuro que se veía promisorio.

Cumplida la misión de la piedra, el anciano la recogió y comentó que la arrojaría a una playa lejana, donde algún día, si alguna persona necesitara de ella, podría ir a recogerla y ayudar a sus semejantes que estuvieran en situación problemática. Así lo hizo. Nadie supo en que costa la arrojó.

Tiempo después, un joven de otro país, también devastado por calamidades, decidió buscar tan preciado tesoro; tenía claras las cualidades de la piedra: blandura, suavidad, calidez, grata a la vista y otorgaba paz y tranquilidad al contacto.

Empezó a recorrer muchos litorales y encontró miles de piedras, pero estas eran duras y frías, para distinguir cuales piedras había ya palpado y no volver a buscar la prodigiosa roca entre esas, decidió que cada pedrusco examinado, si no era lo buscado, lo arrojaría al mar lejos de la playa. Así por muchos meses hizo de esta acción una rutina: examinar cada risco e inmediatamente arrojarlo al fondo del mar. De esta manera fue recorriendo playas y más riberas y arrojando piedras y más piedras con tanta rapidez que en sus acciones ya no discurría cada acto.

Un día, en una solitaria bahía fue tomando piedras y lanzándolas precipitadamente; prácticamente había perdido la esperanza de hallar aquel añorado guijarro e irracionalmente expelía cada uno que encontraba. De pronto, sintió una piedra diferente a todas las que antes había tenido en sus manos, la palpó suave, blanda y cálida, además había llenado su alma de calidez, pero por instinto, instantáneamente la había arrojado al mar. Todavía no tocaba el agua aquel berrueco y él se dio cuenta de su grave error, se lanzó tras ella de inmediato, pero el lugar donde había caído era muy profundo y oscuro, resultaría imposible recuperarla…

La historia imaginaria antes narrada, es muy común que nos suceda continuamente a los seres humanos, buscamos mágicas soluciones a nuestros problemas y cuando estamos a punto de encontrarlas y utilizarlas, las perdemos por nuestra propia irreflexión, desatención y hasta conjeturas o juicios equivocados de las circunstancias en que vivimos.

En infinidad de ocasiones yo he perdido oportunidades magníficas por ajustarme a costumbres; ¿Acaso alguna vez no has lanzado al mar una relación amorosa de manera irreflexiva, o no has calibrado bien una amistad y la has desechado; lo mismo algún trabajo? En otra ocasión un “Decir te quiero” se perdió en el abismo.

Hoy es común dar “enviar” a mensajes tóxicos y cuando quisiera evitarlo simplemente ya está cayendo en la mar profunda de las redes cibernéticas; algo que me sucede mucho es que como ya conozco personas y chats que generalmente solo transmiten mensajes provocadores y/o agresivos; tras sentir lástima por sus vesánicos remitentes, simplemente los descargo en la oquedad virtual. Probablemente alguien pudo expedir ahí mismo una buena comunicación, pero yo ya despeñé todo y no alcancé lo positivo.

También arrojo al tártaro los mensajes de los necios con quienes es imposible dialogar; aquellos que jamás aceptan una opinión diferente, que se sienten dueños de la verdad; a esas personas mejor ignorarlas; ellas conjuntan los sentimientos más poderosos de la humana destrucción: cólera que se traduce en odio y furor: celos que significan no reconocer valor a nadie más que a sí mismos y a los que piensan como ellos; miedo a todo tipo de cambio o transformación que les pueda privar de sus mundanos privilegios y hasta de su ideología e indignación como puente de su incapacidad para aceptar a los demás. Entonces pues, mejor defenestrar sus mensajes a los abismos cibernéticos.

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