Opinión

El eterno retorno

Por Luis Alberto Vázquez

El ser humano desde sus orígenes ha vivido entelequias mitológicas, filosóficas y hasta científicas. Muchas religiones creen en ello; desde la reencarnación hasta los viajes al futuro/pasado. Pensaban que las estrellas fugaces eran las mismas que se repetían constantemente idéntico a la sucesión de día y noche, estaciones, ciclos solares y lunares. Pensaba que nada cambiaba, que todo era una eterna repetición divina de los mismos fenómenos naturales. Incluso en la humana historia buscaba similitudes entre batallas, reinos y dirigentes.

El filósofo Nietzsche en su obra “Así hablo Zaratustra” retoma la idea de =El Eterno Retorno=. Dicha cosmovisión considera que no existe un principio y un fin, sino que los sucesos se repiten de manera cíclica, “El principio es el fin y el fin es el principio”. El Súper-hombre nietzschiano sueña con el eterno retorno a aquella vida que fue maravillosa, perfecta e inmejorable. Busca a toda costa la posibilidad de repetirla infinitamente en un perpetuo peregrinaje de hechos que no se pueden alterar ni cambiar; un “Áuryn” (serpiente que come su propia cola).

Nietszche se atreve a preguntarte: “Si pudieras revivir algo que ya has vivido anteriormente ¿volverías a hacer lo mismo? ¿Repetirías las mismas acciones? ¿Lo harías de la misma manera?”

No creo yo en este “eterno retorno”; sin embargo, como amante de la historia sí veo situaciones que se asemejan en los diferentes estadios políticos de mi patria, no voy a esbozar opinión alguna al respecto; únicamente enunciaré dos hechos muy conocidos, realmente ocurridos, si bien discutibles en su interpretación ideológica. Solamente ofreceré lo comprobado por los diferentes estudiosos de la realidad histórico-política mexicana.

México desde que surge como nación independiente vivió graves crisis económicas y militares, así como guerras extranjeras. Hacía 1855 su “Alteza Serenísima” Antonio López de Santa Anna, gobernaba por enésima ocasión. Un grupo de liberales generan la revolución de Ayutla y lo destierran. Un congreso popular instituye una nueva constitución laica (1857) que separa la iglesia del estado y retira privilegios enseñoreados. Ignacio Comonfort dimite como presidente ante la presión de los defenestrados del poder económico y político y asume el cargo Benito Juárez, un indígena zapoteco.

Los conservadores ocupan la capital y festinan un triunfo quimérico; casi todos los estados seguían en su contra y el pueblo se levantaba en armas por todo el país apoyando a Juárez, pero ellos se sentían victoriosos. Dirigidos por obispos y hacendados buscan tutoría en Europa; firman el tratado Mon–Almonte (1859) para obtener armas y dinero de las monarquías y papado.

Los liberales firman con Estados Unidos el tratado Mc Lane – Ocampo. El apoyo directo norteamericano les permite triunfar en la batalla de Calpulalpan donde acaban con los conservadores.

Tras ese fracaso los pro-monárquicos solicitan a Napoleón III “El Pequeño” que envíe tropas y designe un emperador; proclama a Maximiliano de Habsburgo, a quien engañaron al asegurarle que casi el 100% del pueblo lo pretendía, que nadie aguantaba ya al “indio dictador”; que el conservadurismo había triunfado y era dueño de la nación.

Los conservadores soñaban que Maximiliano cambiara el sistema Juarista; pero terminó admirándolo y decretó ejecutar políticas liberales. El conservadurismo que divinizaba al emperador terminó odiándolo porque no era lo que esperaban; perdieron la guerra y se restauró la república. Los neobonapartistas sufrieron un fracaso rotundo que nunca reconocieron, promovieron un autoengaño con triunfos ficticios; en los años posteriores muchos de ellos se sumaron al porfirismo.

1911 Porfirio Díaz renuncia tras la rebelión encabezada por Francisco I Madero quien llega a la presidencia popularmente. En los siguientes meses, desde lo oscurito, hacendados y potentados se aliaron para exterminarlo; la prensa lo vilipendió y soporto cuatro levantamientos armados. En 1913 Victoriano Huerta lo asesina y en alianza con antiguos enemigos como Pascual Orozco se apodera de la capital y grita triunfalista que el pueblo lo apoya para acabar con la amenaza que representaba Madero. Lo cierto es que la mayor parte del país estaba en manos de los revolucionarios: Carranza, Villa y Obregón en el norte y Zapata en el centro y sur.

Los neoporfiristas como todos los traidores, buscaron apoyo extranjero, Prusia les envía armas en el vapor Ypiranga; el presidente norteamericano Wilson las incauta y se las entrega a los revolucionarios. El autoengaño triunfalista de Huerta fracasa rotundamente y la fugaz aventura de mantener el viejo régimen termina con la desaparición de los neocientíficos porfiristas; aunque vale decir que muchos de ellos más tarde se sumaron al carrancismo y después a los partidos del siglo XX.

El embeleco del retorno a lo perdido a través de fantasiosos triunfos populares por los conservadores antijuaristas/monárquicos y posteriormente por los neo-porfiristas, me recordaron la incuestionable frase de Abraham Lincoln: “Se puede engañar a todos algún tiempo; a algunos todo el tiempo; pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”.

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