De Midas a Diógenes

Por Luis Alberto Vázquez

Es en la humildad donde se cumple la justicia;
esta levanta el corazón y la soberbia lo abate”
San Agustín de Hipona

La mitología helénica siempre nos deleita con episodios fascinantes como el del rey Midas de Frigia (siglo VIII a.C.). Este monarca, cuenta la leyenda, recibió del dios Dionisio la capacidad de convertir todo lo que tocaba en oro; muy pronto se vio rodeado de lujos y hasta lo que intentaba comer se endurecía al convertirse en metal. Un día discutió estúpidamente con el dios Apolo; este se puso tan furioso que convirtió sus orejas en las de un burro. Según Aristóteles murió de hambre a causa de ese extraordinario poder.

Estaba recogiendo lentejas aquel harapiento de quien muchos atenienses se burlaban; muchos más le respetaban y todos le llamaban el “Sócrates delirante”. Porque utilizaba la ironía para depreciar a sus adversarios y exhibir sus mentiras y calumnias con hirientes frases lacónicas.
Pasa por ahí Aristipo, filósofo vocero del monarca y su corte y le pregunta: -¿Qué haces?
-Aquí juntando hierbas para preparar mi alimento.
-Si aprendieras a adular al rey no tendrías que comer lentejas…
-Si aprendieras a comer lentejas no tendrías que alagar al tirano y a sus aduladores.

Diógenes de Sinope (412 – 323 a.C.) fue un filósofo griego considerado el padre del cinismo; para él, la ética del ser humano reside únicamente en la propia virtud, para lo que había de liberarse de cualquier lujo innecesario, consideraba el dinero como una falsa moralidad que habría que despreciar; por ello le repudiaban los que solamente viven para poseerlo.

Célebre por carecer de vivienda, vivía en un tonel. Se liberaba de cualquier bien material; para ser congruente con su pensar llevó al extremo el valor de la austeridad y la honestidad. Toda su existencia la pasó en la extrema pobreza demostrando que lo más importante en la vida de un ser humano no son las riquezas materiales y que se puede lograr la felicidad motivándose por emociones filosóficas y una gran cercanía con seres queridos; esos valores, creía eran los principales motores que deben regir nuestras vidas.

En su austeridad solamente poseía un manto raído y una vasija para tomar agua. Observó a un niño que bebía ahuecando sus propias manos, Diógenes rompió su cuenco. Con sus frases cáusticas combatió la avaricia insaciable; era provocador obsceno y hasta subversivo. Decía que únicamente la pobreza podía enseñar el verdadero valor de los bienes materiales, la mayoría de ellos en realidad no son tan necesarios como muchos suelen pensar. Se paseaba por los mercados viendo “tantas cosas inútiles que no necesito” Sentenciaba: “Es el privilegio de los dioses no querer nada, y de los hombres divinos querer poco”.

Cuando Alejandro Magno le visitó, lo invitó a pedirle lo que quisiera y le sería otorgado: Diógenes contestó: “No tengo nada que pedirte, excepto que te apartes que me estás tapando el sol”. Alejandro luego comentó: Si no fuera yo, me hubiera gustado ser Diógenes.

Con una lámpara encendida caminaba por Atenas al mediodía; decía buscar a un hombre honesto: “Las personas sensibles son cada vez menos frecuentes, la sociedad suele convertirnos a todos en meros autómatas en búsqueda de riquezas”.

Criticaba sarcásticamente los embustes, no permitía que alguien dijese una falacia, por ello le odiaban y querían callarlo: “¿De qué sirve un filósofo que no hiere los sentimientos de nadie?” presumía. “Uno debe buscar la virtud por sí mismo, sin mentiras o falacias, sin ser influenciado por el miedo o la esperanza; en eso consiste la felicidad”. “Si no quieres ser ruborizado, sé virtuoso”

Esas críticas incluían a los gobernantes: Llevando amarrado dos políticos a un raterillo, puntualizó: “Los ladrones grandes apresan al pequeño”. Consideraba que las leyes eran como telarañas, “si algún acto insignificante o impotente cae en ellas, se mantienen firmes; pero si algo pesado exige su actuar, son atravesadas y apagadas”.

En la vastedad de generaciones humanas, opulencia y prodigalidad se manifiestan más ofensivas cuando los bienes a derrochar no costaron trabajo obtenerlos, por ello es fácil apreciar cómo viven los narcos y los políticos que despilfarran aquello que no les era propio.

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