Creso, Solón y la felicidad en Herodoto

Por Luis Alberto Vázquez

“La verdadera felicidad proviene de la posesión de sabiduría y virtud;
no de la posesión de bienes externos
Aristóteles

Heródoto de Halicarnaso (Siglo V a.C.) llamado por Cicerón el “Padre de la Historia” viajó por el mundo entonces conocido y escribió en jónico un documento estructurado en 28 logos sobre lo que veía y testificaba; él le llamó “Historias”; un recuento riguroso de los hechos, analizando sus causas motivantes y dejando testimonios del momento a fin de evitar que se olvidaran. Más tarde su obra fue dividida en 9 libros, uno con el nombre de cada musa griega.

Narra en su libro primero la visita del legislador ateniense Solón, uno de los siete sabios de Grecia a Sardes, capital de Lidia (hoy parte de Turquía), gobernada por el rey Creso, considerado como el hombre más rico del mundo, quien además de su fabulosa fortuna alardeaba de ser el hombre más feliz y sano del mundo.

El monarca recibió al sapiente griego con júbilo y le agasajó fastuosamente, después le invitó a conocer sus inmensos tesoros, buscaba impresionarlo con su opulencia y prosperidad. Cuando Solón observó todo, Creso le preguntó si alguna vez había visto a algún ser humano que fuera el más dichoso de todos. El soberano creía que la respuesta sería “Jamás antes de Ti, oh Creso”. El legislador pausadamente contestó que sí: el más feliz que he conocido fue el ateniense Telo, quien tenía hijos y nietos “bellos y buenos”, disfrutó su vida y tuvo una muerte gloriosa: falleció combatiendo por su patria; los atenienses le ofrecieron majestuosas honras fúnebres en el sitio donde perdió la vida.

Bueno, refunfuñó Creso, estaré pues en segundo lugar; Solón enfatizó que ese lugar era para Cleobis y Bitón, atletas de Argos quienes gracias a su fortaleza física poseían títulos deportivos, pero lo valioso de ellos era el ejemplo de amor y respeto brindado a su madre; ella necesitaba arribar en una yunta al Templo de Hera; como no hubo bueyes para la carreta, los muchachos voluntariamente se colocaron el yugo y transportaron a su madre un largo trayecto conduciéndola en tiempo para adorar a la diosa. Tras los sacrificios y en el banquete, Juno los premió con una muerte apacible. Los argivos recordaron tal virtud con dos estatuas que ofrecieron a Delfos.

Creso enfurece porque el sabio no considera su opulencia como símbolo de dicha y lo rebaja ante esos hombres comunes y corrientes. Entonces el legislador le explica que durante nuestra vida ocurren hechos que no quisiéramos ver, imaginar, menos padecer; pero que acontecen a pesar hasta de nuestras previsiones, que toda existencia es un acontecer. Por el momento Creso es muy rico y rey de muchos hombres, pero todavía no se puede considerar feliz porque ignora si terminará bien su vida; que el linaje y la riqueza ocupan un lugar secundario, lo fundamental es la conducta virtuosa porque la felicidad no es estable.

Solón se regresa a Atenas y Creso continúa creyendo en su exuberante felicidad. Al ver el crecimiento del imperio persa, decide evitarlo y busca combatirlo. Consulta a los dioses poniendo a prueba siete oráculos; queda vencedor el de Delfos y pide profetice el resultado de la guerra. El augurio, oscuro como todos, dictamina: “si Creso atacaba a los persas =destruiría un gran imperio=”.

Envalentonado inicia la guerra contra Persia, Lidia es derrotada y destruido el gran imperio de Creso, tomado prisionero su salud se deteriora, pierde riquezas, hijos y súbditos y es condenado a morir quemado. Frente a la inmensa hoguera, con Ciro II el rey persa presente, Creso grita “Solón. Solón, Solón”. Sorprendido el monarca aqueménida, quien no entendía porque llamaba al sabio griego y no a Zeus, detuvo la ejecución y le pidió una explicación, Creso le dilucida que el legislador ateniense tenía razón, nada es permanente ni inalterable, ni el poder ni la riqueza, menos la felicidad. Ciro el grande perdona a Creso y lo convierte en su consejero.

Justo estamos viviendo como humanidad esa impredecibilidad que Solón rebelaba a Creso, casi tres millones de personas de todas las clases sociales que hace un año tenían una visión positiva del futuro han fallecido, las familias sufrido y las economías mundiales colapsado. Se generan vacunas y hay alegría, una luz ilumina el negro panorama, pero luego surgen complicaciones fisiológicas por su aplicación; aparecen nuevas cepas que oscurecen una vez más nuestra dicha. Cada día se ofrecen pruebas de diversas catástrofes naturales o de origen humano y nos olvidamos de que siempre hay más y más posibilidades de males que podrían indicar que nunca gozaremos de felicidad imperecedera.

El “gandallismo” es cresiano; algunos se sienten felices tomando lo que no les corresponde, burlando leyes o saltándose filas (Vr.gr.: desprecio al orden de vacunación creyéndose muy listos y audaces, sin imaginar que otra enfermedad o un accidente pueden provocarles infortunios) La felicidad, la dicha y la alegría son muy volubles, ahora las tienes y en cualquier instante las pierdes…

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