¿Obispos rojos?

Por Luis Alberto Vázquez

“Yo no sé de ningún gran hombre;
Excepto de aquellos que han prestado un gran servicio a la humanidad”
Voltaire

En la magistral novela “Los Miserables del genial escritor francés Víctor Hugo; Monseñor Charles Bienvenu Myriel es un obispo excepcionalmente benefactor; vive pobremente y en completa austeridad, contrario a casi todos sus pares. Según la leyenda del personaje real del que Víctor Hugo concibe esta ficción, convirtió su palacio episcopal en hospital y repartía su salario entre los pobres.

El personaje central Jean Valjean ha escapado de la cárcel, donde cumplía injusta prisión. Desamparado, hambriento y a punto de fallecer toca la puerta de este caritativo prelado quien le da hospedaje, alimento y trato humanitario. A pesar del buen corazón del Obispo, Valjean le hurta una vajilla y huye; poco después es apresado por la policía que lo lleva ante el noble monseñor Myriel; éste declara habérselos obsequiado. Valjean quedó impactado por esta acción tan magnánima.

Myriel le aconseja que se regenere y siga el camino del bien. El hasta entonces malvado prófugo, roba luego a un pobre pastor, las lágrimas de éste y las palabras del obispo hacen que Jean Valjean empiece a tomar conciencia de la necesidad de su regeneración. A partir de dichas experiencias, jura no volver a dañar a nadie, tras un invento se enriquece y usa su fortuna para ayudar a los más necesitados. Aquel Monseñor había realizado una labor maravillosa creando un ser amante del bien en la persona de un presidiario supuestamente incorregible.

La culminación de su obra pastoral como obispo en la Diócesis de Saltillo, del Señor Raúl Vera López; provocó una serie de columnas y mensajes tanto tradicionales como digitales denominándole como “Obispo Rojo”; título que considero inapropiado; Me explico: hoy llamar “rojo” a una persona es encasillarla en la visión política del marxismo. Eso es injusto para quienes han cumplido cabalmente con la caridad cristiana que tiene más de dos mil años de transformar al mundo y que es infinitamente superior a cualquier doctrina política, económica, social o filosófica.

El hecho de optar por los pobres no es celaje exclusivo de los socialistas, si bien es cierto que existen varios dirigentes de la iglesia que no han seguido el mandato evangélico de amar y luchar por los menos favorecidos del injusto sistema económico amante del dinero; existen muchos que siguen las palabras de su Mesías: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”

En la historia reciente abundan jerarcas católicos comprometidos con los pobres, quienes han sido vilipendiados, incluso se ha pedido hacerles evaluaciones psiquiátricas por los que denigran a sus hermanos buscando mantener sus privilegios clasistas; erróneamente les han acusado de ser promotores de la “teología de la liberación”; criterio obtuso, la liberación llegó, como se sabe, hace dos mil años; ellos simplemente la actualizan con los signos de los tiempos. Ejemplos son Sergio Méndez Arceo, arzobispo de Cuernavaca. Samuel Ruiz de Chiapas; Monseñor Oscar Arnulfo Romero de El Salvador; Helder Cámara e Brasil y hoy mismo el Papa Francisco, ejemplo excepcional de compromiso activo a favor de los pobres.

En una entrevista televisiva al Obispo Vera, fue una gran dicha escucharle decir sobre lo que promovió en su diócesis: “Una iglesia muy cercana a la sociedad”. “Cuando uno cree en el evangelio, hay un poder, que es el bien, es el poder de la justicia, es el poder de la verdad; es el poder de Cristo; yo soy sacerdote de Cristo yo soy predicador y discípulo del obispo Fray Bartolomé de las Casas”. “Me hubiera gustado hacer más, mi causa es el evangelio, cuando hice mis votos de pobreza fue siguiendo los pasos de una persona bien concreta que fue Jesucristo, quien dijo de manera especial que Él siempre estaría con los pobres”. “Buscó la realización de la vida de los demás”. “Lo interesante del evangelio es que Dios quiere que todos sus hijos tengan dignidad, tengan un lugar; ese es el evangelio que yo he predicado”

Con todos estos principios, ¿para qué necesitaba el marxismo?, es ridículo y de mala fe circunscribirlo como profeta en una doctrina terrena temporal. Y concluyó don Raúl: “El trabajo por los pobres está abierto, no requiere de títulos”.

Rememoro aquí el tema ya mencionado anteriormente de aquellos monjes que realizaban labores excepcionales en bien de la comunidad y un visitante les deseó “Que sean olvidados”. Cuando reclamaron esa intención, el viajero ilustró: “Si todos actuaran evangélicamente como ustedes, ¿para qué resaltarlos y recordarlos solamente a ustedes?; Ojalá y todos los seres humanos obedecieran el mandato divino de luchar por los pobres y siempre se recordaría la acción evangélica de toda una generación y no de unos pocos”.

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