Megalomanía y perversidad

Por Luis Alberto Vázquez

“¿Por qué no compararme con los dioses? Basta ser tan cruel como ellos”.
“Calígula” de Albert Camus.

La megalomanía es un trastorno psicopatológico que puede afectar lo mismo a individuos que a grupos sociales o étnicos, incluso a un pueblo entero. Se caracteriza por provocar fantasías delirantes de poder, supremacía racial o cultural, narcisismo, omnipotencia de su ser o raza; supuesto llamado a la grandeza y una exagerada autoestima en sus facultades. Provoca marcada obsesión por el poder; una soberbia incontrolable que degenera en egolatría y ostentación; sumado a un progresivo alejamiento de la realidad social y personal, rayando en indiferencia ante el sufrimiento de las demás personas, incluso las de su círculo inmediato.

Si bien es cierto que el megalómano busca siempre las alturas políticas y/o plutocráticas, se puede hallar también en posiciones ideológicas antagónicas comportándose como un mitómano histriónico que busca llamar la atención y despertar la admiración de los demás, más cuando alcanza el éxito político, se trastorna en un autócrata, convencido de poseer facultades, conocimientos y calidad fuera de lo común; se considera un ser extraordinario; realmente viven en la “Matrix” confundiendo lo real con lo quimérico.

Los individuos o grupos megalómanos son terribles, creen que son los únicos que pueden salvar al mundo, a su patria o a su raza, consideran que quienes siguen a otro líder o ideología son inferiores por solo ese hecho, que son gente inculta y falta de capacidad intelectual; si ellos son supremos, todos los demás son inferiores; les resulta prácticamente imposible suponer, no digamos aceptar una derrota o que cometieron un error; por ello, cuando se ven superados insultan, agreden, difaman y llegan a la violencia.

A lo largo de la historia muchos de estos maniáticos han ocupado cargos importantes en diversas naciones y han provocado daños inmensos, aunque son menos de los que desinformados de la historia calumnian. No todos los ambiciosos son megalómanos, pero si a la inversa. Varios Césares romanos lo fueron, también muchos reyes y recientemente diferentes tiranos, pero no se debe abusar del término y aplicarlo indiscriminadamente a todo aquel que no concuerda con nuestra ideología. Algunos dictadores dominaron a sus pueblos creyendo en una doctrina política, religiosa o mercantilista, fueron crueles y hasta sanguinarios, pero no mitómanos.

En México, la megalomanía se tradujo en “Culto a la personalidad”; los funcionarios llenaban los recintos oficiales con su fotografía, desde el ejecutivo federal hasta gobernadores y alcaldes. Bajo la llamada “Monarquía Absoluta Sexenal” (Cossio Villegas), con mucho dolor tuvieron que abandonar el cargo, aunque hubo quienes siguieron tejiendo en las sombras tramas políticas y buscando mantener su figura siempre presente; para ello asaltaron el erario; así, cuando dejaran el poder político, al menos conservarían su exuberante riqueza y seguirían dominando a través de ella.

En las últimas décadas los grupos ultraderechistas que se niegan a aceptar la pérdida de sus privilegios, a fuerza de amenazas y violencia buscan recuperar sus fueros, se apoderan de espacios tradicionalmente históricos y/o emblemáticos; los ocupan irracionalmente como un símbolo de destrucción del gobierno vigente, infamando terriblemente a las autoridades. Un ejemplo se dio semanas atrás en Alemania cuando los neonazis tomaron el Reichstag, sede del parlamento germano, idéntica situación se repitió hace tres días en Estados Unidos, donde se vislumbró claramente una vigilancia muy laxa, incluso rayando en la complicidad contra los supremacistas blancos; nada comparado con el trato dado a los manifestantes que pedían justicia por la muerte del afroamericano George Floyd; ahí se usó una fuerza excesiva.

Resulta más que ridícula, risible y hasta cómica la justificación utilizada por Donald Trump de salvar a Norte América del comunismo porque Joe Biden y Kamala Harris son socialistas, diatriba utilizada para incitar agresivamente a sus seguidores, aduciendo fraude electoral y peligro de que su país caiga en la dictadura. Afortunadamente en esa nación los árbitros electorales mantuvieron su imparcialidad. Ojalá y esa dignidad sea emulada en otras repúblicas.

En fin, Trump, quien pretendió ser dios e inmortal, falló en casi todas sus promesas de campaña y deja a Estados Unidos convertido en una república bananera, acondicionada para una auto invasión a fin de “salvar la democracia y la libertad”.

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