DISENTIR: SENTENCIA MORTAL CIUDADANA

Interpelar al gobernante es un derecho político en una democracia; en una tiranía no se permite, lo único válido es felicitar, aplaudir y en el mejor de los casos, preguntar sobre cómo se puede lograr tal o cual fin o benéfico, pero jamás dudar, nunca criticar y menos aún oponerse a los designios o decisiones del todopoderoso.

Por Luis Alberto Vázquez Álvarez

No es lícito olvidar, no es lícito callar.

Si nosotros callamos, ¿Quién hablará?

Primo Levi

Cuando veo la actitud de políticos que van contra propuestas ciudadanas para beneficiar la ciudad y a sus habitantes, recuerdo al estúpido alto mando francés que durante la guerra Franco-Prusiana de 1870 – 1871, condenaba a muerte a los patriotas partisanos franceses por no ser tropas regulares, no entendía que estaban defendiendo su país. Los partisanos disentían del alto mando del ejército Francés, porque aunque peleaban por mismo fin, actuaban sin obedecer las tercas órdenes burocráticas y eso era herejía a la patria. Lo más triste fue que los partisanos lucharon contra los prusianos, mataron a muchos de ellos y cuando eran capturados, se les fusilaba de inmediato. Estaban entre el fuego amigo y el enemigo: “Los partisanos deben ser considerados criminales, deben enfrentarse de inmediato a la Corte Marcial y se les podrá aplicar la pena de muerte. Si un tirador no identificado dispara contra soldados alemanes en una aldea, se pedirá cuentas a toda la aldea”. Declaraba el General von Moltke, jefe del Estado Mayor alemán.

El resultado no hizo esperar: en Francia todos, absolutamente todos perdieron y ésta hubo de entregar los territorios de Alsacia y Lorena a Alemania; desapareciendo también el sistema de gobierno vigente francés. Lo único que gano fue la terquedad de las autoridades militares.

Finalmente, y a pesar de la enemistad interna, los partisanos continuaron sus campañas patrióticas y mantuvieron su valía como fuerza ciudadana; eran feroces en la defensa de sus intereses a pesar de la burocrática tiranía los militares. Muchos años más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, ya con otra mentalidad gubernativa, los partisanos franceses lucharon contra los nazis, conservaron el amor a Francia y durante la invasión de Normandía, fueron determinante en el triunfo aliado contra el Tercer Reich. Había triunfado la ciudadanía por encima de la soberbia del alto mando militar y civil.

Interpelar al gobernante es un derecho político en una democracia; en una tiranía no se permite, lo único válido es felicitar, aplaudir y en el mejor de los casos, preguntar sobre cómo se puede lograr tal o cual fin o benéfico, pero jamás dudar, nunca criticar y menos aún oponerse a los designios o decisiones del todopoderoso. Éste siempre refractario al diálogo profundo social, sólo sabe insultar al crítico y ensalzar a su superior. En la suma total de su soberbia un déspota no puede tolerar que su pueblo, que los intelectuales o cualquier otra persona no coincida con su visión.

¿A qué se deberá que los gobernantes, entre más ineptos, más niegan la participación de la ciudadanía no partidista, en la búsqueda de soluciones para la problemática social? Creen tener derecho a poseer Panópticos Benthamianos para vigilar a todos los individuos, saber lo que ellos hacen, piensan o creen, sin permitir que estos sepan que son vigilados.

Lo más triste es que un gobernante se niegue a escuchar lo que la ciudadanía tiene que decirle, aun cuando eso sea a favor de su administración; que condene prematuramente la participación del pueblo al igual que lo hace un juez que antes de que se ofrezcan pruebas y alegatos, ya sentenció de culpabilidad al acusado.

No aceptar a los pensantes es creerlos peligrosos, justamente porque piensan, algo fuera de lo común en el medio político. Pensar diferente al gobernante es arriesgado cuando Él no lo hace; si Él se atreviera a pensar, sería un gran estadista; un innovador; pero deberá luchar contra la corriente populista y no la quiere combatir, prefiere nadar de muertito que perecer con gloria. Pensar es ir contra los prejuicios, el pensante se queda sólo, le abandonan sus amigos; entre los demás políticos no encuentra apoyo, a lo más consigue simpatías, pero difícilmente compromisos; estos solamente se dan con los ciudadanos con conciencia social y cívica. El vigor de la ciudadanía procede de la capacidad individual de disentir, y la crítica política se convierte en derecho y surge entonces la obligación de la autocrítica, porque ambas son inseparables.

¿Cómo se atreve un político a encajonar a pensadores honestos en las malolientes y pútridas mazmorras de los corruptos partidos sucedáneos del suyo; del PAN, del PRD o Verde u otros tan deshonestos como el PRI? Declaró mi repudio a la forma como actúan todos los partidos actuales, los considero a todos cortados por la misma tijera, con impetuosa gula de poder y riqueza. Como ciudadano exijo transparencia, honestidad y entrega a la población que los eligió, esa que paga sus elevados salarios y que le permite lujos excesivos.

¿Porque no pueden creer las autoridades que existen ciudadanos que, sin intereses políticos o económicos luchan por mejorar su entorno? Deben aceptar las declaraciones de cualquier persona que critica y presenta pruebas de deshonestidad; ya sea esta de funcionarios públicos y hasta privados, su voz debe ser escuchada, no censurada como de interés partidista, ¡Qué falta de imaginación para acusar a los críticos de satanidades! Como levantarse tarde o hablar con la boca llena.

(ver nota completa en El Siglo de Torreón)

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